Los controles de alcoholemia suelen dejar escenas tan inesperadas como repetidas: conductores sorprendidos por el test positivo que intentan justificar lo injustificable. Entre las frases más frecuentes aparecen explicaciones creativas que buscan minimizar el consumo de alcohol o desligarlo por completo del resultado.
Una de las excusas más escuchadas es la del “solo tomé un sorbo”, acompañada por gestos que intentan demostrar que fue algo mínimo e inofensivo. Otros aseguran que el alcohol no era propio, sino que fue ingerido “sin querer” al probar la bebida de otra persona.
También aparecen argumentos vinculados a la comida, como culpar a bombones con licor, postres caseros o salsas “con un chorrito de vino”. En algunos casos, los conductores afirman desconocer que esos alimentos podían alterar el test.
Para los agentes, estas situaciones ya forman parte de la rutina. Aunque generan sorpresa o risas, el resultado del control es concluyente y las sanciones se aplican sin importar la originalidad de la explicación.






